Don Quijote y Sancho: Los Molinos de Papel del Siglo XXI

Una mañana gris de cualquier ciudad. Rocinante avanza lentamente. Don Quijote, erguido en su montura, contempla el horizonte de edificios administrativos. Al fondo, el zumbido sordo de las máquinas: impresoras, servidores, el murmullo de expedientes infinitos.

SANCHO: Señor, ¿ve aquello? No son molinos. Son edificios. Despachos. Ahí trabaja gente.

DON QUIJOTE: ¿Gente? No, buen Sancho. Son aspas. Las mismas que hemos visto antes, solo que hechas de papel y resoluciones.  Mire: giran sin pausa. Sin propósito noble. Sin justicia.

SANCHO: Será lo que mande, pero los molinos de La Mancha al menos molían trigo. ¿Y estos? ¿Qué producen?

DON QUIJOTE:  Formularios, Sancho. Baremos. Criterios de productividad. Reparten primas entre sus inspectores según lo mucho que atrapen, lo mucho que causen. Pero nadie los atrapa a ellos cuando se equivocan.

SANCHO: ¿Se equivocan, pues? Pensé que eran justos.

DON QUIJOTE: Oh, Sancho perdona que sonría ¡cuánta ignorancia es la mía! Creí que la justicia era la espada que colgaba del cielo para protegernos del abuso. Pero he descubierto que aquí, en estos tiempos de cifras y algoritmos, la justicia es un trámite. Un papel más.

SANCHO: Explíquese, que no le entiendo.

DON QUIJOTE: Cuando el Estado comete un error —y lo comete, Sancho, lo comete—, el ciudadano paga dos veces. Primero con su oro, sus años en recursos, sus abogados. Después, cuando el tribunal anula lo que el Estado hizo mal, paga aún más: porque la indemnización sale del dinero de todos. El dañado financia su propio daño.

SANCHO: ¡Eso es mareo de cabeza!

DON QUIJOTE: Es algo peor. Es una paradoja que hace burlarse a los gigantes de su propio poder. Mire: si un ciudadano no declara su renta, es culpable. Si se equivoca, paga. Pero si la Administración inspecciona injustamente, se equivoca de propósito o por ignorancia.... nadie responde. El funcionario que firmó el acta no pierde su sueldo, ni su reputación, ni duerme intranquilo. Solo el ciudadano carga con la cruz.

SANCHO: Pero señor, ¿y si los inspectores tuvieran que responder como responden los contribuyentes?

DON QUIJOTE:  Ahora sí, sancho, ahora has pronunciado la pregunta que estos molinos nunca quieren escuchar. Si respondieran... si cada error tuviera un precio en su bolsillo, en su frente, en su conciencia... ¿firmarían las mismas actas? ¿Actuarían con la misma ligereza?

SANCHO: Yo creo que no, mi señor.

DON QUIJOTE: Exacto. Entonces lo que ocurre es fraude, Sancho. No el fraude del ciudadano que elude el deber, sino el del Estado que elude la responsabilidad.

SANCHO: ¿Y qué podemos hacer nosotros? Somos solo dos, un viejo caballero y su escudero.

DON QUIJOTE: Lo que siempre: no rendirse. Cada recurso que presenta un ciudadano es una estocada. Cada pregunta que hace, cada vez que dice "no, esto no es justo", eso es el acto más quijotesco de todos.

SANCHO: ¿Más que cargar contra los molinos?

DON QUIJOTE: Infinitamente más, amigo. Porque aquí el enemigo no es un gigante que puede ser vencido de un golpe. Es un sistema que se absuelve a sí mismo. Una máquina que cuando se equivoca, simplemente continúa girando. Como si nada hubiera pasado.

SANCHO: Entonces, ¿nunca gana el ciudadano?

DON QUIJOTE: Gana cuando se niega a creer que la justicia es solo un trámite. Gana cuando no acepta que un Estado que se equivoca sin responder deja de ser democracia y se convierte en poder desnudo.

SANCHO: Eso suena muy noble, pero también muy doloroso.

DON QUIJOTE: La nobleza siempre es dolorosa, Sancho.  ¿Sabe una cosa? En tiempos lejanos, luché contra molinos que creía que eran gigantes. Todos se burlaron. Pero quizá estaba equivocado en el enemigo, no en la causa. Porque estos molinos de verdad lo son: de verdad muelen, trizan, destruyen. Solo que no lo ven los que pasan de largo.

SANCHO: ¿Entonces vamos a atacar?

DON QUIJOTE: No, Sancho. Hemos aprendido. Vamos a preguntar. Vamos a denunciar. Vamos a grabar en la memoria que un Estado que no reconoce sus errores ya no es garante de nada, sino juez y parte.

SANCHO: ¿Y si nadie nos escucha?

DON QUIJOTE: Entonces al menos nosotros sabremos que existió alguien que se atrevió a preguntarle a los molinos: ¿Dónde está la justicia?

EPILOGO

Don Quijote no cree en un Estado sin impuestos. Cree en impuestos justos. En normas que protejan a todos por igual, no que protejan a unos mientras persiguen a otros. Eso es lo que quería decir cuando hablaba de la injusticia.

El contribuyente debe pagar: es su deber. Pero el Estado debe responder por sus errores: es su obligación. Cuando eso no ocurre, cuando el sistema está diseñado para que una parte siempre pierda y la otra nunca responda, la norma se corrompe. Deja de ser instrumento de bien común y se convierte en mecanismo de control asimétrico. El espíritu original de la ley —proteger y ordenar equitativamente— se ha vaciado. Quedó solo la estructura, funcionando sin conciencia. Don Quijote entiende que los impuestos son necesarios. Lo que no acepta es un sistema que los cobra sin equidad, que castiga al ciudadano sin rendición de cuentas, que se audita a sí mismo y siempre se aprueba. Esa no es administración. Es impunidad disfrazada de norma. Y mientras eso sea así, seguirá habiendo un viejo caballero dispuesto a preguntar: ¿Dónde está la justicia? No para evadir el deber. Para exigir que sea el mismo para todos.